‘La mirada del bosque’, vista por Antón Castro

[Este es el texto que utilizó Antón Castro durante la presentación de La mirada del bosque, de Chesús Yuste, en Zaragoza el 21 de septiembre de 2010.]

Irlanda es un contradictorio territorio de sueños y apariciones. Una isla hechizada y contradictoria que mira al mar y que se enmaraña en la umbría de los bosques. Desde hace muchos años, Chesús Yuste es un enamorado de Irlanda: de sus lloviznas, de sus pintas de cerveza, de la melodía del gaélico, del carácter entre bronco y acogedor, rudo y dulce, de los irlandeses, de su historia política, tan convulsa siempre, tan próxima al llanto y al heroísmo. Y desde hace cuatro años vemos, a través de su blog Innisfree, que es un enamorado de Irlanda y de sus escritores, de Lady Gregory y Yeats a Joyce o Beckett, desde Oscar Wilde a John Connolly o Flann O’Brien, entre otros. Y que es, sobre todo, un enamorado de Irlanda y las causas que parecen un poco perdidas, y de su música. Y de sus climas a menudo perturbadores.

Los más allegados a Chesús Yuste sabían que escribía desde hace tiempo algo más que discursos parlamentarios para Chunta Aragonesista o para los medios de comunicación. Sabían que redactaba cuentos, pequeños apuntes, impresiones; quizá pocos sabían que era un enamorado de la novela negra y policíaca, y no solo: que estaba a punto de debutar con una novela policíaca como ‘La mirada del bosque’ que transcurre, como habrían podido imaginar, en Irlanda. En este caso en una zona de frontera, en Ballydungael, en el condado de Donegal, donde se viven tensiones constantes. La elección de la novela policíaca o negra se debe a un atributo propio del género: la novela negra generalmente mira hacia la sordidez y las contradicciones de la sociedad, ofrece un retrato sociológico y crítico de lo que está sucediendo, observa conflictos y desgarros, y convive con el peligro y la muerte.

Y ahí se ha zambullido Chesús Yuste. La suya es una novela policíaca que tiene de todo: sociología, descripción de un espacio, que él acota impecablemente, conflictos soterrados, un puñado de equívocos y un falso remanso. Al fin y al cabo en Ballydungael no ha habido un muerto desde hace 70 años.

Y «una luminosa mañana de junio» de 1992 aparece muerta en la carretera la cartera Emily Donoghue. En aquel lugar donde no pasaba nada, se produce el gran acontecimiento del que todo el mundo habla.

Chesús Yuste decide presentarnos al club de los miércoles que se reúne para hablar de novelas policíacas. Seis personas. Las fuerzas vivas: el alcalde y su mujer, locutora de la radio local; el sargento de la Garda o policía irlandesa; el veterano párroco; la maestra y escritora policíaca que ha creado al detective Devlin y que se inspira constantemente en la realidad para urdir sus ficciones; la médica Patricia. Y ellos, el club de los miércoles, empiezan a hablar y a indagar en sus recuerdos, en reconstruir vidas y secretos. Así poco a poco, sabemos del perfil complejo de Emily, de su vida disipada y accedemos a una serie de personajes que componen el panel de sospechosos: Tom, el marido de Emily; Ryan, el abogado; McHugh, el terrateniente o todopoderoso cacique. Y poco a poco vamos viendo otros sospechosos: un pintor holandés, muy bien dotado para la pintura y para el sexo, que parece haber seducido a casi todas las mujeres de Ballydungael. Y también aparece otro personaje muy curioso: la bruja del bosque, la druidesa Bríd, que encarna el peso de las tradiciones, la convivencia con el misterio, que va a ser determinante.

Todos estos personajes funcionan como el coro. Como un coro griego que busca justicia y que busca cómo atrapar al asesino. Todos ayudan al detetive O’Hara y al sargento. Y en esa búsqueda de apenas diez días, Chesús Yuste tiene para mucho: para contar historias políticas laterales, para hacer la crónica de un pueblo con sus magias y sus secretos, y sobre todo se pone a crear personajes. Personajes que parecen una cosa y son otras. Personajes que evolucionan incluso después de muertos, si puede decirse eso de Emily… Y además nos abre ventanas al corazón del monte y hacia las fotos amarillas del pasado. En una de ellas, en dos, se oculta la clave del crimen. De lo que yo no voy a decirles nada. Me lo ha prohibido Chesús. Solo me ha permitido decir que hay unas elecciones y que anda por ahí el terrorismo.

La novela se sigue con mucho interés. Es un homenaje a Irlanda, a la novela de detectives, a la voluntad común de los personajes por establecer un hilo de complicidad, y es un homenaje también a los cuentos y a los mitos irlandeses.

Eso sí: hay mucho humor, ironía, juegos con el lector, peligros, y dos excitantes escenas de sexo: una en el estudio del pintor, muy divertida, y otra en la playa: la doctora Patricia recibe a su novio y ambos se dan un bello homenaje de cariño, playa y lujuria.

Chesús Yuste es así. Pícaro, algo poeta, un poco lascivo y comprometido con las causas perdidas. Aquí hay una película de cine, claro.

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